En 1995 Lars Von Trier y un grupo de directores entre ellos Thomas Vinterberg y Soren Kragh-Jacobsen dieron a conocer un documento en el que planteaban la necesidad de modificar la forma de realizar el relato cinematográfico. Ese documento resultó ser el impulso inicial del movimiento llamado Dogma 95
Los directores que ” se acogian” a este movimiento trataban de hacer sus películas lo más reales posible , intentando no usar efectos especiales , usar solo sonidos grabados durante el rodaje(no añadidos posteriormente) , no colorear partes que estan en blanco y negro(por ejemplo sangre) , evitar usar trípodes , gruas y similares , no hacer películas de un genero ya inventado (western , gangsters…)
Los directores que entraran a formar parte de esta coriente , tenian que hacer el juramento llamado voto de castidad en el que se comprometian a cumplir todas las normas y exigencias exigidas por el movimiento , dejo aquí el juramento de Lars von Trier y Thomas Vinterberg , fundadores del movimiento.
Juro que me someteré a las reglas siguientes, establecidas y confirmadas por:
- El rodaje debe realizarse en exteriores. Accesorios y decorados no pueden ser introducidos (si un accesorio en concreto es necesario para la historia, será preciso elegir uno de los exteriores en los que se encuentre este accesorio).
- El sonido no debe ser producido separado de las imágenes y viceversa. (No se puede utilizar música, salvo si está presente en la escena en la que se rueda).
- La cámara debe sostenerse en la mano. Cualquier movimiento -o inmovilidad- conseguido con la mano están autorizados.
- La película tiene que ser en color. La iluminación especial no es aceptada. (Si hay poca luz, la escena debe ser cortada, o bien se puede montar sólo una luz sobre la cámara).
- Los trucajes y filtros están prohibidos.
- La película no debe contener ninguna acción superficial. (Muertos, armas, etc., en ningún caso).
- Los cambios temporales y geográficos están prohibidos. (Es decir, que la película sucede aquí y ahora).
- Las películas de género no son válidas.
- El formato de la película debe ser en 35 mm.
- El director no debe aparecer en los créditos.
¡Además, juro que como director me abstendré de todo gusto personal! Ya no soy un artista. Juro que me abstendré de crear una obra, porque considero que el instante es mucho más importante que la totalidad. Mi fin supremo será hacer que la verdad salga de mis personajes y del cuadro de la acción. Juro hacer esto por todos los medios posibles y al precio del buen gusto y de todo tipo de consideraciones estéticas.
Así pronuncio mi voto de castidad.
Copenhague, Lunes 12 de marzo de 1995.
En nombre de Dogme 95,
Lars von Trier - Thomas Vinterberg
tema y argumento de “la celebración”:
La celebración gira en torno del sexagésimo cumpleaños de Helge (Henning Moritzen, insuperable), festejado junto a una veintena de familiares en una opulenta mansión campestre. La que se ha dado cita para cenar es una tragicómica galería humana. Está el anciano arterioesclerótico, condenado a repetir el mismo chiste cada tantos minutos. Los tíos y los primos racistas. La esposa acartonada. Y los hijos de Helge: Michael es torpe, bruto, un manojo de nervios. Helene es algo así como la joven rebelde del clan. No es tan joven, ni rebelde acaso, pero sale con un negro y supo simpatizar con los trotskistas… o socialdemócratas (qué más da: en una familia como esta es natural que su señora madre no perciba la diferencia). Linda no está, ya que se suicidó hace poco. Pero es como si estuviera ya que su hermano mayor, Christian, se ocupará de revivirla en el momento menos esperado, y deseado, por la concurrencia. Esto es: con un discurso que arranca formal, como los otros, religiosamente presidido por un golpeteo de la cucharita contra las copas de cristal… y culmina destrozando la engañosa calma entretejida por los presentes. Lo que dice Christian es que él y Linda, de niños, fueron violados reiteradas veces por el homenajeado.
Al principio el Dogma pesa sobre La celebración. La llegada de los invitados, las conversaciones relativamente rutinarias, previsibles, que introducen a la servidumbre y a los aristócratas. Las cámaras desprolijas, hiperkinéticas, y la iluminación deliberadamente menesterosa aparecen allí como un mecanismo ajeno –por anticipado– al devenir dramático. Pero Christian habla más temprano que tarde, y la bomba que deja caer resignifica las formas de la película. Que en adelante avanzará briosa, vigorosamente encabalgada, no en los preceptos del Dogma, sino en la férrea lógica que edificó para sí. La premisa es fuerte, porque instala una pregunta que quedará flotando: ¿dice la verdad Christian? Es que el joven –bastante solemne por lo demás– pasó una temporada en el manicomio y dará no pocas muestras de desequilibrio (varias de ellas acompasadas por sutiles toques humorísticos). Y el cumpleañero llegó a los 60 tan ominoso como aplomado, con lo que se complica decidirse por o tal o cual. Si algo faltaba, la versión oficial de la muerte de Linda es velozmente puesta en duda, incrementando la tensión.
Los cabos se irán atando, claro está, pero sin prisas ni pausas. La celebración es a un tiempo densa, ágil y atrapante. Duplica las escenas exquisitamente. Una y otra vez, los comensales vuelven a la mesa a reiterar mecánicamente sus rituales (brindis y discursos, incluidos los de un maestro de ceremonias impecable y torturante… llamativamente parecido al capitán Astiz). Pero en cada nueva etapa de la cena, signada por la llegada de un plato siempre más suculento que el anterior, la ceremonia parece dar otro paso trágico. La violencia explícita no es mucha; la contenida no podría ser mayor. La sensación de que todo está por estallar, por caso, es más frecuente –y mil veces más genuina– que en The Matrix. El otrora apacible conglomerado de burgueses será progresivamente redibujado –de la solemnidad a la abyección– en la medida en que ciertos vicios, y más que vicios, salgan a la luz. La unidad de lugar y la concentración del tiempo sugerirán, al fin, a un puñado de almas presas en su claustrofobia. No pueden seguir cómo están, en el lugar que están… ¡pero han estado allí durante tanto tiempo! El espanto será el hilo de otra progresión cabal: antes los amalgamaba en innumerables pactos de silencio. Ahora, ya sobre la mesa (literalmente incluso), empieza a dividir las aguas. Y sólo algunos se correrán de lugar. La celebración vuelve sobre el punto muerto de cierta burguesía a la deriva –anacrónica, demacrada, cadavérica, y sin embargo en pie– que ya fuera examinada por el gran Luis Buñuel (El ángel exterminador, 1962). De otro modo (por fortuna) habla de los mismos rasgos, ataca por los mismos frentes. El tono es igualmente inquietante, original, seductor.
Camila Dizy.